
Transcurrieron varios años sin que nada hubiera cambiado. Teníamos el oído mas perfecto, eso sí,, aunque más cansado, pero las esperanzas, el trabajo y las alabanzas al Jefe no solo no habían cambiado, sino que eran mas refinadas.
Yo era el primero que hasta en la privacidad del hogar, cuando tenía que referirme a él, le llamaba don. Aurelio, bajo las sonrisas burlonas de mi suegra y mi mujer, enteradas desde el principio de todo detalle de la situación.
Recién entrada la primavera, corrió como reguero de pólvora, que el “viejo” quería nombrar a alguien para Secretario lº, con el fin de que le sustituyera el día de mañana. Julián y yo nos pusimos la “armadura y cogimos la lanza más larga”.Empezaba el primer combate y tenía que ganarlo.
Los días siguientes fueron tensos y muy largos. El viernes se presentó despejado, cálido y en calma, invitando a fundirse con la Naturaleza. Lo mismo debió pensar D.Aurelio cuando amablemente nos invitó a Julian, a mi. y a las respectivas mujeres, a pasar el fin de semana en su casa de la costa.
Todo salió mal Una inopinada galerna, producía tanto ruido al golpear las olas sobre la peña en que se asentaba la casa, que fue imposible cualquier tipo de conversación. D. Aurelio, molesto por estos inconvenientes, nos propuso que Julián y yo nos fuéramos y ellos tres pasarían al pequeño comedor junto a la cocina, que estaba en la parte de atrás y no se oiría nada.
Creo que a Julián, tampoco le gusto la solución, pero tanto él como yo, contestamos afirmativamente como si estuviéramos muy satisfechos.
El viaje de vuelta fue un auténtico adelanto del infierno. Por lo pronto estábamos en manos de nuestras esposas y, ¿si tomaban una copa de mas? Y ¿Serían vengativas? . Si lo conseguían ¿qué pedirían a cambio? Pero lo que mas me dolía es que si no lograba mi ascenso, ya no lo tendría nunca pues el “viejo” no estaba para muchos trotes y toda la oficina se reiría de mi, mas si lo obtenía, todos sabrían como fue .y me despreciarían.
Jamás sabré si hice bien o mal.
